Evangelio 22 de noviembre de 2025
Evangelio según san Lucas 20, 27-40
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”
Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.”
“Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven.”
Entonces, unos escribas le dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y a partir de ese momento ya no se atrevieron a preguntarle nada.
Lectura del Día – 1 Macabeos 6, 1-13
Cuando recorría las regiones altas de Persia, el rey Antíoco se enteró de que había una ciudad llamada Elimaida, famosa por sus riquezas de oro y plata. En su riquísimo templo se guardaban los yelmos de oro, las corazas y las armas dejadas ahí por Alejandro, hijo de Filipo y rey de Macedonia, que fue el primero que reinó sobre los griegos.
Antíoco se dirigió a Elimaida, con intención de apoderarse de la ciudad y de saquearla. Pero no lo consiguió, porque al conocer sus propósitos, los habitantes le opusieron resistencia y tuvo que salir huyendo y marcharse de ahí con gran tristeza, para volverse a Babilonia.
Todavía se hallaba en Persia, cuando llegó un mensajero que le anunció la derrota de las tropas enviadas a la tierra de Judá. Lisias, que había ido al frente de un poderoso ejército, había sido derrotado por los judíos. Estos se habían fortalecido con las armas, las tropas y el botín capturado al enemigo. Además, habían destruido el altar pagano levantado por él sobre el altar de Jerusalén y habían vuelto a construir una muralla alta en torno al santuario y a la ciudad de Bet-Sur.
Ante tales noticias, el rey se impresionó y se quedó consternado, a tal grado, que cayó en cama, enfermo de tristeza, por no haberle salido las cosas como él había querido. Permaneció ahí muchos días, cada vez más triste y pensando que se iba a morir. Entonces mandó llamar a todos sus amigos y les dijo: “El sueño ha huido de mis ojos y me siento abrumado de preocupación. Y me pregunto: ‘¿Por qué estoy tan afligido ahora y tan agobiado por la tristeza, si me sentía tan feliz y amado, cuando era poderoso?’ Pero ahora me doy cuenta del daño que hice en Jerusalén, cuando me llevé los objetos de oro y plata que en ella había, y mandé exterminar sin motivo a los habitantes de Judea. Reconozco que por esta causa me han sobrevenido estas desgracias y que muero en tierra extraña, lleno de tristeza.”
Evangelio diario MisasHoy.es
Reflexión Evangelio 22 de noviembre 2025
Reflexión Evangelio 22 de noviembre: Dios de vivos, no de muertos
Hoy la liturgia nos propone una fuerte llamada a la conversión y a la esperanza. En la primera lectura, el rey Antíoco, que había buscado riquezas, poder y gloria, termina reconociendo al final de su vida el daño causado a Jerusalén y al pueblo de Judá. Descubre demasiado tarde que la injusticia tiene consecuencias y que el corazón se marchita cuando se apoya solo en el orgullo. Su confesión amarga es un espejo: cuando vivimos lejos de Dios y dañando a los demás, terminamos “en tierra extraña, llenos de tristeza”.
El Evangelio 22 de noviembre de 2025 (Lc 20,27-40) nos lleva más allá del fracaso humano para anunciarnos algo inmenso: Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Los saduceos intentan ridiculizar la fe en la resurrección con un caso absurdo, pero Jesús responde abriendo el horizonte: la vida futura no es una copia de esta, sino una existencia nueva, en la que seremos “como ángeles e hijos de Dios”. El Evangelio 22 de noviembre de 2025 nos invita a creer que estamos hechos para una vida que no termina, para una comunión eterna con el Padre.
El Papa Francisco recuerda que la vida verdadera crece donde hay vínculo, comunión y fraternidad. Si vivimos encerrados en nuestro egoísmo, “como islas”, sembramos muerte en el corazón. Pero si dejamos que la esperanza de la resurrección ilumine nuestras decisiones, empezamos a vivir ya desde ahora como hijos de Dios: perdonando, construyendo puentes, cuidando a los frágiles, participando en la misa de hoy con fe viva. La certeza de que “para Dios todos viven” nos impulsa a amar de manera concreta, sabiendo que nada de lo hecho por amor se pierde.
Propósito del día: hacer un gesto de reconciliación o de cercanía
con alguien con quien la relación está fría o rota, como signo de fe en la vida que
vence a la muerte.
Jaculatoria: Jesús, Dios de vivos, aumenta mi esperanza en la
resurrección.
Comentario pastoral: Vaticano.
