Evangelio 11 de noviembre de 2025

Evangelio según San Lucas 17, 7-10

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?

Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’”.

Lectura del Día – Sabiduría 2, 23–3, 9

Dios creó al hombre para que fuera inmortal, lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; mas, por envidia del diablo, entró la muerte en el mundo, y la experimentan quienes le pertenecen.

En cambio, las almas de los justos están en las manos de Dios y no los alcanzará ningún tormento. Los insensatos pensaban que los justos habían muerto, que su salida de este mundo era una desgracia y su salida de entre nosotros, una completa destrucción. Pero los justos están en paz.

La gente pensaba que sus sufrimientos eran un castigo, pero ellos esperaban confiadamente la inmortalidad. Después de breves sufrimientos recibirán una abundante recompensa, pues Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí. Los probó como oro en el crisol y los aceptó como un holocausto agradable.

En el día del juicio brillarán los justos como chispas que se propagan en un cañaveral. Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos, y el Señor reinará eternamente sobre ellos.

Los que confían en el Señor comprenderán la verdad y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado, porque Dios ama a sus elegidos y cuida de ellos.

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Reflexión: humildad que libera, esperanza que no muere

El Evangelio 11 de noviembre de 2025 se ilumina con la Sabiduría (Sab 2,23–3,9): Dios nos creó para la inmortalidad y las almas de los justos están en sus manos. La prueba no es derrota, es crisol; el sufrimiento no es etiqueta final, es umbral de gloria. Quien confía “brillará como chispas en el cañaveral”. Esta promesa ancla el corazón: nuestra meta no es un aplauso del mundo, sino la vida que no se marchita en Dios.

En sintonía, el Evangelio 11 de noviembre de 2025 (Lc 17,7-10) nos desinstala: “Somos siervos; solo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Jesús purifica la motivación del discípulo: servir sin pasar factura, obedecer sin negociar, amar sin contabilizar méritos. Cuando dejo de exigir “señales” y recompensas, nace la libertad interior: sirvo por amor al Señor que primero me amó. Esa humildad abre la puerta a su generosidad —como recordó Benedicto XVI—: quien cumple la voluntad de Dios sin pretensiones, encuentra a Cristo que se ciñe y sirve.

Así, la esperanza de Sabiduría y la humildad de Lucas convergen en una misma pedagogía: Dios forma el corazón como oro en el crisol y nos enseña a vivir cada tarea —oculta o visible— como liturgia. No trabajamos para acumular derechos, sino para responder a un don. Ahí la fe madura, la caridad se vuelve concreta y la alegría deja de depender del reconocimiento.

Propósito del día: realizar un servicio silencioso (en casa, trabajo o comunidad) sin buscar agradecimientos ni contarlo a nadie, ofreciéndolo por un difunto o por un enfermo.
Jaculatoria: Jesús manso y humilde, enséñame a servir sin esperar nada a cambio.

Comentario pastoral: Vaticano.

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