Evangelio del 1 de noviembre de 2025
Evangelio según San Mateo 5, 1-12
En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
Primera lectura – Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
Yo, Juan, vi a un ángel que venía del oriente. Traía consigo el sello del Dios vivo y gritaba con voz poderosa a los cuatro ángeles encargados de hacer daño a la tierra y al mar. Les dijo: “¡No hagan daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que terminemos de marcar con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios!” Y pude oír el número de los que habían sido marcados: eran ciento cuarenta y cuatro mil, procedentes de todas las tribus de Israel.
Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas. Todos estaban de pie, delante del trono y del Cordero; iban vestidos con una túnica blanca; llevaban palmas en las manos y exclamaban con voz poderosa: “La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”.
Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro en tierra delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: “Amén. La alabanza, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza, se le deben para siempre a nuestro Dios”.
Entonces uno de los ancianos me preguntó: “¿Quiénes son y de dónde han venido los que llevan la túnica blanca?” Yo le respondí: “Señor mío, tú eres quien lo sabe”. Entonces él me dijo: “Son los que han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero”.
Segunda lectura – 1 Juan 3, 1-3
Queridos hijos: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él.
Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él.
Evangelio diario MisasHoy.es
Reflexión Evangelio 1 de noviembre 2025
Reflexión: la santidad es vivir las Bienaventuranzas
Hoy celebramos la Solemnidad de Todos los Santos, y el Evangelio 1 de noviembre (Mt 5,1-12) nos presenta el corazón del mensaje de Jesús: las Bienaventuranzas. No son una lista de normas, sino un retrato del verdadero discípulo, de quien deja que el amor de Dios transforme su vida. En ellas descubrimos que la felicidad no está en el éxito, sino en la pureza, la misericordia, la justicia, la paz y la esperanza incluso en la prueba.
El Evangelio 1 de noviembre une la alegría de los que ya viven con Dios con la esperanza de quienes aún peregrinamos en la tierra. Las palabras “dichosos” son la respuesta de Cristo a un mundo que busca poder y placer: Él proclama felices a los humildes, a los que sufren y a los que aman sin medida. Los santos, conocidos y anónimos, son testigos de que este camino es posible. Han “lavado sus túnicas en la sangre del Cordero”, como nos recuerda el Apocalipsis, y ahora participan del gozo eterno.
La segunda lectura (1 Jn 3,1-3) nos recuerda que somos hijos de Dios y llamados a parecernos a Él. Ser santo no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación para todos: vivir cada día con el corazón limpio, buscando la justicia, perdonando, consolando, construyendo paz. La santidad no se mide por grandes gestos, sino por la fidelidad cotidiana, por amar como Jesús en lo pequeño y lo oculto.
Hoy, al mirar al cielo, recordemos que la meta es posible. La multitud vestida de blanco del Apocalipsis no es un sueño lejano: somos parte de esa historia, invitados a dejarnos marcar con el sello del Dios vivo. La santidad es vivir con alegría las Bienaventuranzas en medio del mundo, confiando en que “su recompensa será grande en los cielos”.
Propósito del día: vivir una Bienaventuranza concreta: perdonar, consolar o sembrar paz.
Jaculatoria: Señor, hazme santo con tu amor y humilde en tu servicio.
Comentario pastoral: Vaticano.